Faith
Empujando los límites
Ayer tuvo lugar uno de esos desafíos deportivos con los que las grandes marcas nos sorprenden cada cierto tiempo: el Breaking 4 de Nike.
La protagonista fue Faith Kipyegon, llamada no solo a mejorar su propio récord mundial de la milla (1.609 metros), sino a hacer historia al bajar de la simbólica barrera de los 4 minutos, de la que aún la separaban 7,65 segundos. Aun en caso de lograrlo, la marca no sería homologable por las condiciones especiales del intento: fuera de competición oficial, sin rivales en pista, con zapatillas experimentales, sistema de luces de ritmo y hasta 13 liebres que marcaron el paso y la protegieron durante toda la carrera.
Más allá del crono, el evento fue —como ya es habitual en las apuestas más ambiciosas de Nike— un escaparate de innovación tecnológica: desde zapatillas ultraligeras con placa de carbono y tacos de titanio, hasta un traje aerodinámico con “aeronodes” y un sujetador impreso en 3D. Un despliegue pensado para empujar los límites físicos y simbólicos del atletismo femenino y reafirmar ese mensaje que tantas veces ha repetido la marca: “everything is possible” (porque el “impossible is nothing” ya estaba registrado por Adidas, aunque en realidad se lo tomaron prestado, a su vez, a Mohammed Ali).
Faith —triple medallista olímpica y plusmarquista mundial en 1.500 m y en la milla— no logró finalmente el objetivo: “solo” consiguió rebajar su propia marca en poco más de un segundo. Pero eso fue lo de menos. La expectación generada, los aficionados que llenaron las gradas en París, los miles que siguieron el evento en directo desde todo el mundo, el documental que se está rodando en torno al reto, y el ambiente festivo y de homenaje que acompañó el final de su intento justificaban por sí solos el interés —y la inversión— que Nike ha puesto en esta iniciativa.
También lo estaban sus palabras al terminar la prueba que no por medidas y estudiadas tuvieron menos valor. Faith —cuyo nombre, por cierto, no parece casual— dejó frases inspiracionales que resonaron más allá: “It’s only a matter of time”, “If it’s not me, it will be someone else”, “One day, one time, a woman will run under 4”, “We are not limited”… y, sobre todo —esto lo repitió dos veces, como si se lo prometiera a sí misma—: “I will still go for it.”
Vi el vídeo en diferido, sin saber aún qué había pasado. No pude verlo en directo porque yo también estaba en una pista de atletismo, entrenando. Fue casi a medianoche cuando, ya en casa y en silencio, me senté a verlo y me puse a pensar en cómo, poco a poco, el ser humano ha ido rompiendo barreras que en su momento parecían inalcanzables.
Me vino a la cabeza Eliud Kipchoge, presente en la pista de París apoyando a su compatriota, y aquel primer intento del Breaking2 en Monza, donde se quedó a las puertas. No fue hasta el segundo intento, en Viena, cuando logró lo que nadie había hecho hasta entonces: correr la distancia de la maratón por debajo de las dos horas. Una marca sin validez oficial, pero que sigue siendo uno de los mayores hitos de la historia del deporte.
Mientras procesaba todo aquello, mi cerebro hizo una conexión inesperada y me llevó a un gráfico que encontré hace años. En él se visualiza muy gráficamente qué supone hacer un Doctorado (PhD): empujar, aunque sea apenas un milímetro, los límites del conocimiento humano. Expandir el círculo de lo que sabemos, por mínimo que sea ese avance, es también una forma de romper barreras.
Faith o Eliud no solo entrenan para correr más rápido: están, en realidad, expandiendo los límites de las capacidades físicas, de lo posible, de lo conocido. A veces solo un segundo, una zancada. Pero ese pequeño bulto en el borde del círculo colectivo es, sin duda, una conquista humana.
Y así me fui a la cama, convencido de que hay muchas cosas que nos distinguen del resto de las especies, pero que una de las más grandiosas es esta: la de seguir empujando —con la mente, con la ciencia o con los pies— los márgenes de lo que sabíamos, de lo que creíamos posible.



